En una ciudad de hormigón y acero, donde no hay pausa, ni relajación, donde los arboles se concentran en pequeños espacios repartidos aleatoriamente creando un pequeño ecosistema en cada un de ellos. Los coche pasan sin apenas percatarse de la gente que hay a su alrededor, y la propias personas se cruzan entre ellas sin prestar atención alguna. Vagones de metro, autobuses, centros comerciales, restaurantes, bibliotecas, todos ellos llenos de desconocidos, inseguros, desconfiando los unos de los otros.
Una sonrisa disimulada, una mirada rápida, un jugueteo con las manos, durante unos segundos te sientes especial, con más moral, sonríes inconscientemente.
Ese pequeño momento te hace feliz el resto del día, quizás te imaginaste algo más, quizás la otra persona también, pero fué ese momento de complicidad el que te devuelve la vitalidad, las esperanzas, la ilusión perdida, las ganas de seguir adelante.
Y sigues contemplado las aceras de cemento, los escaparates de las tiendas, el cielo gris y , en un segundo, lo olvidas aquel momento y sigues adelante.
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