En esta ciudad alejada del resto del mundo, en donde la luna llena aparece como el ojo de dios observando con curiosidad a sus creaciones.
La gente de este lugar prefiere la oscuridad de la noche para que le dé cobijo y amparo o simplemente para que les oculte de miradas indiscretas, algunos vienen por placer o por encontrar aquello que buscan. El vino por trabajo, un encargo, pero no pasará mas tiempo del necesario.
Su trabajo lo considera fácil, un juego de niños, localizar a su objetivo y eliminarlo.
Venía con la lección aprendida, recopiló toda la información necesaria sobre sujeto, sabía todo lo que necesitaba saber. Lo había localizado un par de días antes, desde entonces lo ha estado siguiendo, buscando el momento en que esté solo.
Al salir ese día su objetivo de casa, no lo siguió, decidió esperar su regreso. No le costo mucho forzar la cerradura, llevaba tiempo haciendo estas cosas. Se sentó en el sillón del comedor, esperando el regreso.
Se hizo de noche, la oscuridad le brindaba la oportunidad de no ser visto al entrar. Las piernas las sentía entumecidas, estaba a punto de levantarse cuando, un tintineo de llaves llegó a su oído, la puerta se abrió. Una sombra atravesó el umbral, accionó el interruptor de las luces pero estas no se encendieron.
Un destello, un brillo fugaz apareció en el comedor al sacar su cuchillo de su funda. Con un movimiento rápido y preciso le cortó en las piernas, a la altura de las rodillas, obligándole a caer al suelo.
El desgarrador grito de dolor le hizo sonreír. No le habló, no dijo nada, simplemente se colocó encima suyo y clavó su cuchillo en los brazos impidiendo que pudiera defenderse.
Observó la hoja teñida de rojo, goteando en la punta, la acercó al rostro y lamió la sangre. Ese sabor amargo pero dulce y esa textura pegajosa, apenas lo recordaba, había pasado tiempo desde que probó por última vez ese dulce néctar de la muerte.
Tenía suficiente, debía marcharse, pero antes debía terminar el trabajo que le encomendaron.
Le miró a los ojos y apoyo el cuchillo sobre el pecho y con el peso de su cuerpo lo fue hundiendo lentamente, despacio, notando como atravesaba capas de piel y huesos. Hasta que dejó de chillar, de respirar y de convulsionarse.
Ya podía abandonar aquella sucia y asquerosa ciudad y dejar atrás la oscuridad que la envolvía
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